De nieves a corridos, nuestra música norteña en la historia

Qué tal queridos camaradas, queridas lectoras. Bienvenidos a otra sesión en este Club Verde, en esta ocasión no nos pondremos el frac ni los vestidos de gala, sino algo más adhoc: unos vaqueros, camisa de cuadros y tejana.

Todo género musical ha pasado o pasa por un periodo de desprecio por parte de cierto espectro de la población, nos pasó con el bolero que se consideraba de poca clase, de arrabal, nos pasó con la música de mariachi, sino han de consultarles a sus antepasados de más confianza, el Vargas en la Ciudad de México agarró el gusto y fama cuando por gusto del presidente Cárdenas se instaló en la capital siendo asiduo a varios eventos y fiestas de la élite política. Pero antes ya estaban por acá Cirilo Marmolejo y su mariachi, y al principio de siglo sí que la sufrían, pues decían que esa música era de gente corriente.

Así pues nos pasa con la música del norte de México, música popular que agrada a las masas, que a través de los años hemos escuchado alguna vez. Ya bien sea esa desgraciada puerta negra, que como bóveda de banco internacional resguarda a la bien amada, o bien cantando nuestra suerte debajo de los laureles.

Ahora bien, dentro de la música oriunda del norte hay mucho de donde escoger, pues hay redoba, polka, corrido, bolero norteño, sones y por ahí también anda la huasteca tamaulipeca, pero generalmente lo más conocido son el corrido y la “norteña”, que son diferentes. Por ejemplo “Chito Cano“, “Valente Quintero“, “El moro de Cumpas” son corridos. “La loba del mal“, “Las nieves de Enero” y “Ándale” son norteñas, por así decirlo.

Pero quiero enfocarme en el primero, que es el objeto de esta tertulia. Hace cien años México sufría otra guerra civil, la Revolución, que bueno, tuvo muchos sucesos importantes dignos de relatar en otra ocasión. En las grescas entre un bando y el otro habían valientes músicos provincianos que escribían en lo que fuera lo acontecido, y con uso de su noble genio lo narraban en versos e iban de un pueblo a otro. De no ser por ellos la gente sabría con mucha demora si el temible ejército de Villa se aproximaba o al buen Pancho ya le habrían dado sepultura. Esta forma de transmitir las noticias, sobre todo en las poblaciones donde la gente casi no sabía leer y no llegaban tantos diarios ni habían tantos reporteros, fue del agrado del público porque de forma creativa se daban las buenas nuevas, y también las no tan buenas.

El corrido, una vez acabado el argüende de la Revolución, se enfocó en narrar las aventuras a alguno que otro salteador de caminos, como Porfirio Cadena, el famoso Ojo de Vidrio que inmortalizara para la RCA Víctor el gran Eulalio “Piporro” González. Poco después vinieron aquellos que trataban de la tierra visitada o propia, como esa famosa que dice “el cerro del centinela, antiguo y viejo guardían, tiene un lugar en la historia de ésta, mi tierra natal” (El Cachanilla, de Antonio Valdez Herrera), o esa que grabara una de mis predilectas cantantes mexicanas, Valentina Leyva, que versaba más o menos así “A Navolato se fue, alguien la vio donde andaba, pero cuando yo llegué, en Guasave se encontraba” (Fiesta en Culiacán, Bulmaro Bermúdez), o sin olvidar la que casi todo mexicano canta cada vez que en un guateque hay mariachi o norteños: “Caminos de Michoacán, y pueblos que voy pasando, si saben en donde está ¿Por qué me la están negando?”.

Fue Pepe Guízar, el famoso pintor musical de México, quien hizo varios corridos alusivos a las entidades federativas que conforman nuestra nación, sin olvidar la obra de José Alfredo Jiménez, que nos regaló corridos como “María la bandida”, “Caminos de Guanajuato”, “El coyote”, entre otros. El corrido pasó por muchas mutaciones pero su objetivo era el mismo, incluso se tornó polémico cuando trató, por allá en los 70s, el tema del narcotráfico. Se dice que el primer corrido acerca del tema fue “El gato negro”, que grabaran muchos artistas de la época, quizá el más importante fue Francisco “Charro” Avitia, para Discos Orfeón. Otros dicen que “Valente Quintero” fue el primero, pero más allá de eso, el corrido retoma su labor informativa y a veces incluso proselitista, como se ha vuelto últimamente con la ola de “movimiento alterado” que contiene letras menos sutiles.

Para finalizar y sin abandonar a la canción norteña, en los 90s cobró más fama en voces de Grupo Límite, Bronco, Liberación, Cardenales de Nuevo León e Intocable. Bailables y una que otra sentimental, ahí han estado en las fiestas de todo tipo, de toda clase. Muy relacionada a la norteña está la música de banda sinaloense, cómo no recordar hace unos 15 años al Recodo cantar “Pena tras pena, las que destrozan mi vida…”, pero eso es sal de otro costal. Mientras tanto, queridos lectores, démosle su debido reconocimiento a la música norteña como patrimonio nacional, sea o no de su agrado el género, no ha de negar que concibe la música mexicana contemporánea sin esa mentada puerta negra ¿verdad?

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